B1 · Lee, sigue las pistas y luego responde
La cabine de la place
Sur la place de Valmont, une vieille cabine téléphonique1 restait près de la fontaine. C’était la dernière de la ville. Elle fonctionnait encore, mais presque personne ne l’utilisait. Chaque lundi, Luc, le cafetier, disait qu’elle prenait de la place. Nora, qui balayait devant son magasin, était du même avis.
Un jeudi, un car de touristes s’est arrêté sur la place. Une voyageuse est descendue, très inquiète : son groupe repartait d’un autre village et elle s’était trompée d’arrêt2. Son portable n’avait plus de batterie3. Elle connaissait le numéro de l’accompagnatrice, mais Luc avait oublié son propre téléphone chez lui.
Nora a montré la cabine. La voyageuse a décroché le combiné4 et composé le numéro. Quelques minutes plus tard, elle riait : l’accompagnatrice allait venir la chercher. En attendant, Luc lui a offert un verre d’eau. Il regardait la cabine avec un peu de gêne5. « Je voulais la faire enlever hier », a-t-il avoué.
Le lundi suivant, Nora a proposé de nettoyer les vitres. Luc a réparé la petite étagère6 sous l’appareil. Ils n’affirmaient pas que la cabine servirait tous les jours. Ils avaient simplement compris qu’un objet rarement utilisé pouvait rendre service7 au bon moment. Désormais, quand quelqu’un demandait pourquoi elle était encore là, Luc racontait l’histoire de la voyageuse. La cabine avait trouvé de nouveaux défenseurs8.
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En la plaza de Valmont había una vieja cabina telefónica junto a la fuente. Era la última del pueblo. Todavía funcionaba, pero casi nadie la usaba. Todos los lunes, Luc, el dueño del café, decía que ocupaba espacio. Nora, que barría delante de su tienda, estaba de acuerdo.
Un jueves, un autobús turístico se detuvo en la plaza. Bajó una viajera muy preocupada: su grupo salía desde otro pueblo y ella se había bajado en la parada equivocada. Su móvil se había quedado sin batería. Sabía el número de la guía, pero Luc se había dejado su propio teléfono en casa.
Nora señaló la cabina. La viajera descolgó el auricular y marcó el número. Unos minutos después se reía: la guía iba a ir a buscarla. Mientras esperaban, Luc le ofreció un vaso de agua. Miró la cabina con cierta vergüenza. «Ayer quería que la quitaran», admitió.
El lunes siguiente, Nora propuso limpiar los cristales. Luc reparó el pequeño estante que había debajo del teléfono. No decían que la cabina se usaría todos los días. Simplemente habían entendido que un objeto que se usa poco puede ser útil en el momento adecuado. Desde entonces, cuando alguien preguntaba por qué seguía allí, Luc contaba la historia de la viajera. La cabina había encontrado nuevos defensores.
