B2 · relato · ocho glosas
La ligne absente
À dix-huit heures, Nora reçut l’affiche de la rencontre consacrée au roman qu’elle avait traduit. Le nom de l’auteur occupait trois lignes. Le sien avait disparu. Elle vérifia les épreuves1 qu’elle avait validées : il y figurait bien, juste au-dessous du titre.
Elle appela l’éditrice. « C’est un oubli de mise en page2, dit celle-ci. Nous allons corriger le fichier. » Nora répondit que deux cents affiches étaient déjà imprimées. L’éditrice promit alors des autocollants. Sa voix restait aimable, presque soulagée d’avoir trouvé une solution matérielle.
Le lendemain, le libraire lui montra une pile d’affiches rectifiées. « On a rattrapé le coup3. » Nora posa son sac. « Et pendant la rencontre, qui présentera le travail de traduction ? » Il regarda le programme : une heure d’entretien avec l’auteur, puis les signatures. Aucun temps n’avait été prévu4 pour elle.
Le libraire proposa de lui céder5 les cinq premières minutes. Nora accepta, à condition que l’auteur parle aussi de leurs échanges. Elle ne voulait pas être un supplément ajouté pour la forme6. L’éditrice, jointe par téléphone, reconnut qu’elle aurait dû vérifier la version finale au lieu de s’en remettre7 au maquettiste.
Le soir, l’auteur commença par évoquer une phrase sur laquelle ils avaient discuté pendant trois jours. Nora entendit enfin son nom dans une phrase qui décrivait son travail. L’affiche corrigée était derrière eux. Pour la première fois, elle cessa de la surveiller8.
Leer la traducción
A las seis de la tarde, Nora recibió el cartel del acto dedicado a la novela que había traducido. El nombre del autor ocupaba tres líneas. El suyo había desaparecido. Revisó las pruebas de imprenta que había aprobado: allí estaba, justo debajo del título.
Llamó a la editora. «Es una omisión de maquetación», dijo esta. «Corregiremos el archivo». Nora respondió que ya se habían impreso doscientos carteles. La editora prometió entonces etiquetas adhesivas. Su voz seguía siendo amable, casi aliviada por haber encontrado una solución material.
Al día siguiente, el librero le mostró una pila de carteles corregidos. «Lo hemos arreglado». Nora dejó su bolso. «¿Y quién presentará el trabajo de traducción durante el acto?». Él miró el programa: una hora de entrevista con el autor y, después, la firma de libros. No se le había reservado ningún tiempo a ella.
El librero se ofreció a cederle los primeros cinco minutos. Nora aceptó con la condición de que el autor también hablara de sus intercambios. No quería ser un añadido por mera formalidad. Contactada por teléfono, la editora reconoció que debería haber revisado la versión final en vez de dejarla en manos del maquetador.
Esa noche, el autor comenzó describiendo una frase sobre la que habían conversado durante tres días. Nora oyó por fin su nombre en una frase que describía su trabajo. El cartel corregido estaba detrás de ellos. Por primera vez, dejó de vigilarlo.
